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Darwin contra la sinrazón

Publicado en El Mundo, el 14 de febrero de 2016.

Charles Darwin es un hombre de nuestro tiempo. En eso cae uno después de visitar la exposición que la Cité de les Sciences et l’Industrie le dedica en París, Darwin, l’original, en su ambición por presentar al público la actualidad de algunas de las grandes figuras de la ciencia. Después de la pasada exhibición, dedicada a Leonardo Da Vinci, la del naturalista, famoso por su teoría de la evolución, ocupa 1.000 metros cuadrados y trata de descubrir al público la figura de un personaje incomprendido y malinterpretado por muchos a lo largo de la Historia.

El comisario de esta exposición, Eric Lapie, en cuya concepción ha trabajado dos años, considera que es el momento idóneo para recuperar el pensamiento de Darwin. Un burgués británico, protestante y terriblemente creyente, que fue capaz de dejar a un lado su fe y parte de sus ideales por la ciencia. Sus descubrimientos le hicieron ateo, o mejor dicho, agnóstico, como él prefería describirse al final de su vida, para el disgusto de su mujer que llegó a dejarle una nota lamentando que ya no fueran a ir juntos al paraíso.

«En estos momentos hay fuertes corrientes, sobre todo en las grandes religiones monoteístas mundiales, que critican la teoría de la evolución», opina Lapie. Los creacionistas son, en realidad, los grandes antagonistas de Darwin. Se trata en su mayoría de científicos más vinculados a la fe que al razonamiento lógico que tratan de implantar la histórica bíblica como alternativa válida a la evolución del investigador británico.

Este movimiento sigue teniendo su eco en países desarrollados, especialmente en algunos estados sureños de Estados Unidos, pero también y con mayor peso en países de creencia islámica, como Turquía o Arabia Saudí. Lapie menciona concretamente a Daesh cuyo califato, por supuesto, no puede presentar al hombre de otro modo que como la obra de Dios. Así que, por casualidad ya que la el equipo del museo llevaba dos años preparando esta exposición, la muestra ha venido a celebrarse como una respuesta orgullosa al integrismo que tan trágicamente ha golpeado París en éste último año. Los enemigos de la razón, de cualquier tipo y origen, apuntan habitualmente a Darwin como uno de los mayores culpables de todos los males de este mundo.

«Ahora más que nunca me digo que hay que desmontar estos discursos erróneos que intentan apoyarse en la idea de que el plan de despido de una empresa se basa en el principio de la selección natural o la idea de la lucha por la vida que Darwin defendía en sus estudios», apunta Lapie.

«Efectivamente elegir a Darwin significaba también recordar el papel de la razón científica frente a ciertos retrocesos. Aunque la presión de los atentados terroristas no era tan fuerte en el momento de su programación en 2013, sí había otros debates como el episodio sobre el matrimonio homosexual o la cuestión del género en la escuela. Nos pareció importante aportar un poco de luz sobre la historia del pensamiento y en concreto de un gran científico, frecuentemente incomprendido, traicionado, incluso mal conocido, que fue combatido sin cesar por valores religiosos extremos», explica el comisario de la exposición.

Otra justificación, esta vez positiva, es la medicina evolucionista. En los últimos años, una oleada de investigadores defienden la urgencia de que haya investigadores formados en Biología y en la teoría de la evolución para entender la forma en que las células cancerígenas se transforman durante la enfermedad. En el Centro Nacional de Investigación Científica de Toulouse, que ha colaborado también en esta exposición, explican, por ejemplo, la forma cómo una quimioterapia muy agresiva favorece la proliferación de células resistentes.

Este movimiento no es nuevo, las teorías darwinianas han inspirado a médicos desde prácticamente su aparición. A principios del siglo XX, muchos comenzaron a estudiar las enfermedades como «un fenómeno evolutivo de adaptación o desadaptación al medio», tal y como lo definió uno de los pioneros en este plano, el catedrático español de Patología General Roberto Novoa Santos. Poco a poco, las investigaciones que veían la enfermedad como un fenómeno propio de la evolución fueron avanzando aunque habría que esperar a los años 90 para que la medicina darwiniana fuera considerada como una disciplina científica.

No es el único aspecto de de nuestra sociedad en la que Darwin dejó sus huellas. La exposición se encarga también de reflejar de forma inocente algunas famosas figuras que han estado influenciada por su principal obra, El origen de las especies por medio de la seleccion natural, publicado en 1859, que marcó profundamente la sociedad victoriana, incluso en figuras literarias. El escritor Lewis Carroll, en su obra más conocida, Alicia en el País de las Maravillas, «muestra un mundo en constante cambio, tanto para Alicia, que cambia de forma y tamaño todo el tiempo, como en los animales y el mundo natural que la rodea», explica Lapie. Para el comisario de la exposición, Carroll recupera además el estilo de descripción del que Darwin se había valido en sus cinco años de expedición, en los que dejó miles de documentos con detalles escritos, de apariencia cómica y fantástica, sobre las más de 1.500 especies que había encontrado.

Se trata de una exposición preparada para disfrutar en familia -aunque no recomendada para menores de 10 años- y aprender practicando. «Una de las figuras más importantes e influyentes en nuestra manera de entender el museo es Jean Piaget», explica Lapie. «Su idea de aprender haciendo y no imponiendo es una máxima para nosotros que pasamos dos años para imaginar la forma y el sujeto de la exposición, tratando de enseñar de forma dinámica y sugerente».

El recorrido a través de la vida y obra de Darwin empieza poniendo en contexto el momento histórico que le tocó vivir para acercar al visitante a su figura y su tiempo. El que quiera explorar el cerebro de Darwin podrá empezar tratando de adivinar en una pantalla táctil cuáles fueron las figuras que, a su vez, influenciaron el pensamiento del británico; podrá poner nombre y tratar de seguir las ciudades que el joven naturalista recorrió a bordo del HMS Beagle: cinco años del viaje que marcaron el resto de la vida del científico, y conocer, incluso los más de 400 títulos que llegó a leer para complementar su formación en geología, historia, viajes aunque también literatura.

Entre ilustraciones de animales y plantas a gran escala, reproducciones de imágenes del siglo XIX rescatadas precisamente para la exposición y buscando siempre el marco que podría haber inspirado a Darwin, uno se encontrará frente a una pantalla imitando la expresión de enfado de un gato o el miedo de un mono para comprender mejor otra de las obras en las que trabaja la muestra, La expresión de las emociones en el hombre y en los animales, publicado en 1872.

No podían faltar por supuesto las famosas caricaturas y representaciones de Darwin en la prensa del momento que han pasado a la historia de la divulgación científica. «Estas caricaturas no se realizaban únicamente para reírse de Darwin», explica Lapie, «simbolizan la incomodidad que provocaron sus ideas y nos sirven de indicio para ver la difusión que tuvieron más allá de los medios académicos, ya que se publicaban en periódicos como Punch, en Inglaterra o La Petite Lune en Francia, con tiradas de cientos de miles de ejemplares».

Instalado en Downe, al sur de Londres, junto a su mujer -que era su prima, una mujer tremendamente devota-, y sus 10 hijos, la muerte de su hija Annie con tan solo 10 años, enferma de tuberculosis, terminó por alejar a Darwin de Dios. En realidad, la vida y la muerte eran el producto del azar y el efecto de la naturaleza, si no, ¿cómo permitir que niños inocentes mueran?

Consciente del revuelo que su teoría produciría, principalmente en el seno de la Iglesia y sus fieles, Darwin pasó 20 años trabajando en El origen de las especies con el principal fin de dar respuesta a cada una de las objeciones que pudieran ponerle a su texto. Cuando lo hizo, animado y empujado por el avance de otros científicos en la misma idea, la comunidad cristiana salió en su contra tal y como esperaba pero muchos, en cambio, aprovecharon para respaldar sus teorías sociales en la tesis de Darwin.

Karl Marx quiso tirar del hilo contra la Iglesia y otros, como Herbert Spencer o Francis Galton, lo hicieron para apoyar sus teorías liberales. Spencer aplicó las ideas de Darwin al conjunto de la población, defendiendo así que solo se permitiera a las clases altas tener descendencia. Dalton, por su parte, encontró la forma de justificar su eugenismo, fomentando la reproducción de aquellos con las mejores características para «mejorar la humanidad».

Al final, el eco de las ideas de Darwin fue tal que en en muchos casos el científico ha sido socialmente rechazado por su errónea vinculación a planteamientos que él nunca aprobó. En esto precisamente ha trabajado Lapie y el equipo de la Ciudad de las Ciencias de París, consiguiendo que un ajeno a este mundo de la evolución y la selección natural comprenda en poco más de una hora que, en realidad, lo que permanece -y prevalece- en la sociedad después de millones y millones de años de evolución es, cómo no, la razón. Y Darwin de eso sabía mucho.

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