La modelo que huyó de los ayatolás y acabó durmiendo en las calles de París (EFE)

María D. Valderrama
París, 4 jul (EFE).- Negzzia lucha por no perder la ilusión tras dejar atrás a su familia y su vida para poder ser modelo. Posar desnuda le costó la persecución del Gobierno iraní, pero mantener su libertad en Europa ha sido más complicado y la ha obligado a dormir en las calles de París.

La joven de 29 años lleva nueve meses en París y el mes pasado obtuvo el estatus de refugiada. Antes, su caso hizo reaccionar incluso al ministro de Interior francés, Christophe Castaner, en Twitter: “Naturalmente, se le ofrecerá el asilo”.

Pero nada ha cambiado por ahora. Para Negzzia (nombre falso bajo el que esconde su identidad), exponer su cuerpo se ha convertido en una manera de rebelión. En Irán, donde trabajaba como modelo desde los 22 años, la detención de un fotógrafo que la había retratado desnuda supuso su sentencia.

“Un amigo me dijo: despídete de tu cuerpo. Cuando me di cuenta que aquel tipo iba a delatarme cogí una mochila y huí a Turquía”, cuenta Negzzia en una entrevista a Efe.
Ya no se fía ni de su sombra. Su abogado, un joven de origen iraní, se puso en contacto con ella cuando su historia empezó a llenar las páginas de los diarios franceses, pero ella tardó un mes en aceptar su ayuda por temor a que, al igual que muchos antes, aquel hombre intentase aprovecharse de ella.

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La modelo iraní Negzzia, de 29 años, en el despacho de su abogado en París. Retratada por Yoan Valat para EFE/EPA.

En Irán, posar desnuda le hubiera costado 148 latigazos. En Francia, donde Negzzia esperaba poder disfrutar de su libertad, se ha encontrado con que exponer su cuerpo la convierte a ojos de muchos en un objeto sexual.

En Estambul pudo trabajar un año como modelo, pero el conservadurismo también se impuso: “Me teñí el pelo de rojo y la gente me gritaba por la calle; lo peor eran las mujeres. Una vez, una me mordió por la calle”, cuenta.

Eso, y el terror de que los iraníes con los que se cruzaban la estuvieran espiando o pudieran delatarla la convencieron para viajar a Europa. Desde el otro lado del Mediterráneo, París parecía la ciudad soñada.

“Un tipo me dijo que me iba a ayudar. Llegó el visado y me llamó diciendo que todo estaba preparado. ‘Ya están los billetes, pero la primera semana quiero alquilar una habitación preciosa enfrente de la Torre Eiffel. Tú y yo, pasando una semana maravillosa juntos'”, recuerda.

“¿Él y yo en una habitación de hotel? Eso solo tiene un significado. Nunca en mi vida me acostaría con alguien a cambio del éxito. Le dije que no, que si quería ayudarme que lo hiciera pero que no quería pasar una semana romántica con él. Me dijo ‘vale, pues no hay trabajo’, y me bloqueó”, cuenta.

Sin trabajo, sin piso y con el dinero que había podido ahorrar durante su año en Turquía, puso rumbo a París, pero sin los papeles en regla conseguir trabajo le fue imposible. Más aún en la moda.

El dinero para su alojamiento se le acabó después de un mes y los trámites para obtener el asilo avanzaban con demasiada lentitud. Se impuso la necesidad.

“No me quedaba otra que confiar en la gente que decía que me quería ayudar. Todos me iban echando de sus casas porque no me acostaba con ellos. Un día me decían que me amaban y como no funcionaba me recomendaban que me metiera en la prostitución”, narra.

La rabia y la impotencia se le escapan en forma de lágrimas. Dice que ha intentado quitarse la vida tres veces. Las tres desde que vive en París.

Al cabo de varios meses pasando de casa en casa -un hombre llegó a encerrarla una semana en una habitación y otro trató de ponerla a trabajar como ‘stripper’-, prefirió dormir en la calle.

La enésima proposición de sexo a cambio de ayuda la convenció de que era mejor no deber nada a nadie, por lo que cogió su maleta y se fue a la calle.

“La primera noche en la calle fue muy dura, pero por dentro me sentí mucho mejor”. Rememora el frío y el hambre, la sensación de que el tiempo no pasaba.

Pero Negzzia no ha renunciado a su sueño. Un cuarto de la ayuda de 400 euros que le da el Estado francés -cantidad que no cubre el precio de una habitación en París- los ha estado dedicando al gimnasio para seguir teniendo la oportunidad de cumplir su sueño.

Aún a la espera de recibir el permiso de residencia, la joven persa, adaptada al paisaje parisino con una media melena que resalta su esbeltez, va pasando de casting en casting con la esperanza de encontrar una puerta abierta y dejar de vivir de favores.

Ahora, son sus amigos del gimnasio los que al conocer su historia le ofrecieron un techo. La primera noche durmió durante 24 horas.

Mientras tanto, mostrar su cuerpo en Instagram, donde acumula 120.000 seguidores, continúa siendo una forma de insurrección y de determinación, como lo fue en Teherán o Estambul.

“Es mi cuerpo, sé quién soy y sé cómo vivo y haré con mi cuerpo lo que quiera hacer (…) Estoy orgullosa de mí misma porque peleo por lo que quiero, porque no me vendí. Y sigo teniendo un sueño. Quiero demostrarme a mí misma y a la gente de mi alrededor que crecer no significa dejar de soñar”, dice. Cueste lo que cueste. EFE
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(foto) (vídeo)

 

*Artículo retomado posteriormente por medios nacionales e internacionales como El País (vídeo), El Mundo, La Vanguardia, El Confidencial, El Periodico, La Razón, El Espectador, Clarín, Bild, Publico.pt, etc.
*Also in English text and video.

El chef que vio venir el culto al “bio” (EFE)

María D. Valderrama
París, 29 may (EFE).- Si algo no se le puede negar al chef Alain Passard son sus dotes premonitorias. En 2001, en plena crisis de las “vacas locas”, convirtió su asador tres estrellas Michelin en un templo dedicado al culto de las verduras que él mismo cultiva en sus huertos de Francia y que, confiesa, le han salvado la vida.
“No sabría cocinar si no tuviera mis huertos. No sé cómo lo haría. Las verduras me han salvado la vida”, cuenta a Efe en una entrevista.
En la galería contigua a “L’Arpége”, su restaurante en la parisina “rive gauche”, la cebolla, la remolacha o los espárragos son los principales protagonistas de los cuadros que rodean al cocinero.
Pintados por él mismo en forma de collage, reproducen algunos de sus recetas: espárragos, pera con limón y acedera roja; champiñones al limón con flor de tomillo.
La relación de Passard con las verduras es casi mística. Habla de ellas despacio, como si recitara una poesía, y se le pierde la mirada cuando evoca las recolectas de ese día. Continue reading “El chef que vio venir el culto al “bio” (EFE)”

¿Por qué envidiamos a los ricos?

¿Por los coches? ¿Por la casa en primer línea de playa? ¿Por sus yates? ¿Por los bolsos de Hermès?

Analizando seriamente los motivos por los que un rico es rico y un no-rico es no-rico, he llegado a la conclusión de que envidiamos por envidiar. Bueno, mejor dicho, envidiábamos. Como recordaréis, hubo un tiempo en el que ver a un tipo trajeado conduciendo un Ferrari producía un “ohh” en nuestro interior y hasta los ojos nos hacían chiribitas. Ahora, más le vale guardar el Ferrari en el garaje de su chalet en la Moraleja porque, en fin, no está el horno para bollos. Los ricos generan cierta desconfianza en la sociedad. Y no es para menos, ¿verdad?

Con todo esto de la crisis, de escándalos financieros, amnistías fiscales y otras historias de ladrones de guante blanco, el cine ha empezado a hacerse eco de este (qué se yo) 2% de la sociedad. Toca reflejar las historias de esos ricos y nuevos ricos que se creían por encima del bien y del mal y (algunos) se vinieron abajo. Hablo concretamente de dos películas: Blue Jasmine y El lobo de Wall Street. 

Para quiénes no la hayan visto, Blue Jasmine es la historia de Jasmine (o Jeanette, o cómo se llame), que pasa de esto…Blue Jasmine

… a esto…

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…después de que detuvieran a su marido por estafa. Cate Blanchett interpreta el papel de una pobre diabla que tras conocer a un ricachón deja toda su vida para dedicarse a las caritativas y delicadas tareas de una reina de la alta sociedad de Manhattan. Todo es maravilloso en su mundo de hermèses y chaneles hasta que descubre que su maridín (aka Alec Baldwin), no está precisamente dentro de su mundo. No quiero desvelar más.

Reconozco que mis ganas de ver la película menguaron cuando salieron las críticas y pasaron dos meses hasta que me decidí a verla. Sin embargo, cuando lo hice no vi nada de esa película superficial y vacía de la que hablaban, la verdad. Eso que decía Boyero de que el personaje de Blanchett no le parecía memorable… en fin, Boyero es así.

Pasando al Lobo de Scorsese, podríamos estar ante la misma situación. A pesar del peliculón y de las continuas alabanzas y premios, también hay quien dice que el film defiende una forma de vida obscena y un protagonista con una moral dudosa. Señores, si cuando están en el cine viendo a una manada de pervertidos tirando dinero, engañando sin parar y hasta haciendo cola para beneficiarse a una prostituta en grupo, tienen la sensación de que el protagonista es un héroe, es que forman parte de ese grupo que envidia a los ricos de dudosa moralidad. Que no a los ricos que la tengan, aunque de esos yo no sé mucho.

El lobo de Wall Street

En definitiva, eso mismo pienso de los que opinan lo mismo de Blue Jasmine. En cierto modo, una película es un reportaje: intenta dar parte sobre una situación pero, al final, no puedes evitar verle el plumero al redactor (o en este caso director). Ambas películas son un reflejo y una crítica bestial a nuestras aspiraciones y envidias más perras. Las relacionadas con la avaricia, el ganar dinero por ganar dinero (“porque todo el mundo quiere ser rico”) y a una vida de comodidades, aunque eso signifique un engaño continuo.

Puede que la crisis haya conseguido que muchos no vean en ser ricos el objetivo de su vida (al menos estoy segura de que cada vez son menos los que tienen esta aspiración). La crisis ha convertido a los ricos en antihéroes, aunque por ello sean protagonistas.

Cate Blanchett está sublime en su papel de mujer vacía, porque su personaje está vacío y sus intenciones de continuar siendo “la mujer de” la condenan a estarlo. A otro nivel, Leonardo DiCaprio se sale interpretando a un ansioso nuevo rico, drogadicto y obsesionado con el dinero que está vacío y, además, podrido.

No creo que haya que buscar en cada película una forma de identificación o de bondad para disfrutarla, además no solo es el por qué de esa historia sino cómo se cuenta. Y, digo yo, que alguien tendrá que contar la gesta de los Jordan Belfort o Ruth Madoff del mundo. No para darles fama, sino para que no vuelvan a ser envidiados.