Praga: ciudad kafkiana y rebelde

Es difícil no enamorarse de Praga. Lejos del lujo de París, de las maravillas históricas de Roma o del rollo alternativo que ofrece Londres, Praga es una auténtica ciudad de cuento donde perderse, descubriendo cada rincón de su historia. A los amantes de la literatura, de la Kafkiana en particular, les será fácil caminar sintiendo que siguen los pasos del escritor que les muestra su infancia, una ciudad que formó su imagen de un mundo distinto, aunque aún tendrían que pasar por ella el comunismo y las ansias de revolución, no viendo el momento de escapar del férreo control soviético.

Creo que mi paso por la capital de la República Checa ha sido el viaje más fugaz que he hecho nunca. A penas pasé 30 horas en la ciudad. Llegué desde Viena con un bus de la compañía Meinfernbus que me costó 9€ (sí habéis leído bien, nueve euros). Estaba claro que no tenía mucho tiempo para verlo todo como me gustaría así que había que elegir. El primer día caminamos y caminamos desde la zona del hotel, cerca de las Casas Danzantes, construidas por el prestigioso arquitecto Frank Gehry frente al Moldava. Cruzamos el río para ver el famoso Muro de John Lennon y la Iglesia de San Nicolás, un paseo realmente bonito por calles de adoquines y edificios de color pastel. Caía la noche y el cielo pasaba de un rosa intenso -hace tiempo que no veía un atardecer así- a una noche oscura, especialmente oscura ya que solo algunas farolas iluminaban las calles.

Aprovechamos para cenar a las seis de la tarde -somos muy europeos- en U Kocoura, una conocida taberna en el número 2 de la calle Nerudova, haciendo esquina con la Iglesia de San Nicolás. Según habíamos leído en Trip Advisor, aquí podríamos comer la típica comida checa a buen precio. Lo cierto es que no pagamos ni seis euros por un buen plato y dos cervezas pero la comida era congelada, patatas congeladas, filetes y queso empanado congelado… poco recomendable. En cuanto a comida, sigo pensando que la mejor opción es una de esas sopas de goulash en pan crujientes, cuestan entre cuatro y seis euros y ayudan a superar el frío de la ciudad.

 

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Muro de John Lennon

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Tras la cena, un paseo nocturno cruzando el Puente de Carlos hasta llegar a la Plaza de la Ciudad Vieja donde conocimos a unos españoles que estaban también de visita desde Berlín, donde vivían desde hacía varios años -la crisis y la emigración, ya sabéis- y acabamos con ellos tomando unas cervezas frente a la estatua de Kafka junto a Josefov, el barrio judío de Praga, concretamente en V Kolkovně, restaurante con pinta y comida mucho mejor de la que habíamos probado antes en la otra orilla de Moldava.

 

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Plaza de la Ciudad Vieja

Al día siguiente decidimos sumarnos al tour gratuito que comenzaba en la Plaza de la Ciudad Vieja con nombre real impronunciable, Staromestské námestí, para descubrir la historia de la capital. Durante tres horas un curioso guía de origen gallego nos llevó por todo el casco histórico, Plaza de Wenceslao con el Museo Nacional de fondo, calles comerciales, barrio judío hasta el Rudolfinum, donde nos desenganchamos del grupo para acercarnos al Castillo. Allí pasé las últimas horas en la ciudad, disfrutando de la Catedral y de las espectaculares vistas de la ciudad hasta volver a bajar, de nuevo por el Puente de Carlos y Plaza de nombre impronunciable para volver al hotel y coger mi equipaje. Me gustó mucho aprender sobre la historia de Praga y el carácter rebelde de sus ciudadanos, que ya desde mucho tiempo atrás tenían la tradición de tirar por las ventanas a quienes les tocaban demasiado los co*jines*. Durante los tiempos de la URSS no dudaron en salir a las calles para pedir libertad, el miedo no pudo con ellos.

 

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Barrio Judío

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La vuelta, en este caso hasta Múnich, la hacia sola y en autobús, así que aprovecho para narrar el percance que tuve por si alguien alguna vez tiene el mismo problema con esta compañía. La estación central de autobús de Praga se llama Florenc y es donde se encuentran la mayor parte de las líneas. En mi billete de bus, de la DB Bahn, no especificaba la estación así que fui a Florenc -a pie porque no me quedaba ni una corona-. El hecho de que no se indicara la estación me tenía un poco preocupada desde la mañana por lo que había constatado con el guía que se trataba de Florenc. Él no tuvo ninguna duda de que así era. Llegué allí tras 45 minutos andando, cruzando carreteras ya que el acceso no era nada fácil a pie y no encontraba más que praguenses que no parecían comprender ni hablar una palabra de inglés, hasta que al llegar a la estación pregunté a un conductor que me dijo en una mezcla de inglés-alemán-checo: “Lady, dein bus is train station, Wilsonova”. No le dejé terminar la frase porque salí pitando de allí. A menos de media hora para que mi autobús saliera, os aseguro que tuve que correr mucho e incluso cometer un pequeño acto delictivo -véase colarme en el metro- para poder llegar a la estación correcta. Resulta que la DB Bahn, la compañía alemana de trenes, tiene algunas líneas de autobús muy VIP que se cogen en la misma estación de tren. Llegué cuando el bus arrancaba pero pude montar y volver a casa. Eso sí, sudé mucho, mucho y vi muy negro dormir en mi cama aquella noche. Aventuras, que las llaman.

 

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