Viena: 48 horas comiendo tartas

El primer post de 2015 es de todo menos actual. Estuve en Viena el pasado mes de octubre visitando a una amiga que está allí de Erasmus. Mis expectativas no eran muy altas; todo el mundo me decía que Viena no tenía nada especial. Pues bien, será que no han entrado en sus cafeterías.

Si bien es cierto que lo mejor de Viena son sus edificios, palacios e iglesias, es una ciudad tranquila con una gran oferta cultural, aunque muy cara, y una historia muy real –real de royal-, ya saben Sissi, Francisco José y todo eso. Pasé dos días pateando sin parar la ciudad y haciendo, por primera vez, turismo gastronómico. Sí, señores. Nada de museos, de Albertina, de Picassos, de Klimts o Monets. No es que me regocije en mi ignorancia, ni mucho menos, pero la entrada a cada museo costaba un mínimo de trece euros y yo hacía este viaje sin mucho presupuesto y con una tarea vital: probar tantos dulces como fuera posible. Desde la conocida Apfelstrudel del Café Central, pasando por el Buchtel, Palatschinke, Tarta Mozart y por supuesto la Tarta Sacher. Para encontrar las mejores cafeterías seguí los consejos del blog Chic Soufflé, aunque tuve que improvisar puesto que la autora recomendaba tomar el Buchtel en el famoso Café Hawelka pero cuando fui no les quedaba y acabé en otra pequeña cafetería de Kärtnerstraße. También le hice caso en lo de la Tarta Sacher, la bloguera recomendaba probar la del Kaffee Alt Wien pero cuando llegamos allí nos dijeron que no tenían. Pedimos otra, que si no recuerdo mal se llamaba Old o algo así porque el camarero nos dijo que era la especialidad de la casa. Realmente estaba riquísima y guardaba un enorme parecido con la Sacher, así que supusimos que la autora debió confundirla o que las tartas son primas hermanas.

No comí otra cosa que dulces durante dos días. Superadlo. Sin duda, algunos de los dulces más bueno que he probado.

Mientras mi anfitriona estaba en clase yo caminaba y comía, caminaba comía y, de paso, hablaba con los austriacos. Me habían dicho, también, que son un poco antipáticos, pero debo reconocer que fui una afortunada encontrando a dos chicas que no dudaron en acompañarme hasta la dirección que buscaba una vez que me perdí, y a una señora muy agradable en una cafetería que me habló de las maravillas de vivir en Viena. Contaba que su marido pasaba largas temporadas en Málaga, también en Ronda -de ahí que iniciáramos conversación-, y a ambos les encanta el sur de España. Sin embargo la mujer decía que vivir en Viena había sido una suerte porque siempre tenía un concierto al que acudir o una nueva exposición que ver. Casi pareció obligarme a que, en mi próxima visita, no dejara pasar esta parte de la ciudad. No lo haré, señora. ¡Se lo prometo!

Próxima parada: ¡Praga!

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