¿Por qué envidiamos a los ricos?

¿Por los coches? ¿Por la casa en primer línea de playa? ¿Por sus yates? ¿Por los bolsos de Hermès?

Analizando seriamente los motivos por los que un rico es rico y un no-rico es no-rico, he llegado a la conclusión de que envidiamos por envidiar. Bueno, mejor dicho, envidiábamos. Como recordaréis, hubo un tiempo en el que ver a un tipo trajeado conduciendo un Ferrari producía un “ohh” en nuestro interior y hasta los ojos nos hacían chiribitas. Ahora, más le vale guardar el Ferrari en el garaje de su chalet en la Moraleja porque, en fin, no está el horno para bollos. Los ricos generan cierta desconfianza en la sociedad. Y no es para menos, ¿verdad?

Con todo esto de la crisis, de escándalos financieros, amnistías fiscales y otras historias de ladrones de guante blanco, el cine ha empezado a hacerse eco de este (qué se yo) 2% de la sociedad. Toca reflejar las historias de esos ricos y nuevos ricos que se creían por encima del bien y del mal y (algunos) se vinieron abajo. Hablo concretamente de dos películas: Blue Jasmine y El lobo de Wall Street. 

Para quiénes no la hayan visto, Blue Jasmine es la historia de Jasmine (o Jeanette, o cómo se llame), que pasa de esto…Blue Jasmine

… a esto…

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…después de que detuvieran a su marido por estafa. Cate Blanchett interpreta el papel de una pobre diabla que tras conocer a un ricachón deja toda su vida para dedicarse a las caritativas y delicadas tareas de una reina de la alta sociedad de Manhattan. Todo es maravilloso en su mundo de hermèses y chaneles hasta que descubre que su maridín (aka Alec Baldwin), no está precisamente dentro de su mundo. No quiero desvelar más.

Reconozco que mis ganas de ver la película menguaron cuando salieron las críticas y pasaron dos meses hasta que me decidí a verla. Sin embargo, cuando lo hice no vi nada de esa película superficial y vacía de la que hablaban, la verdad. Eso que decía Boyero de que el personaje de Blanchett no le parecía memorable… en fin, Boyero es así.

Pasando al Lobo de Scorsese, podríamos estar ante la misma situación. A pesar del peliculón y de las continuas alabanzas y premios, también hay quien dice que el film defiende una forma de vida obscena y un protagonista con una moral dudosa. Señores, si cuando están en el cine viendo a una manada de pervertidos tirando dinero, engañando sin parar y hasta haciendo cola para beneficiarse a una prostituta en grupo, tienen la sensación de que el protagonista es un héroe, es que forman parte de ese grupo que envidia a los ricos de dudosa moralidad. Que no a los ricos que la tengan, aunque de esos yo no sé mucho.

El lobo de Wall Street

En definitiva, eso mismo pienso de los que opinan lo mismo de Blue Jasmine. En cierto modo, una película es un reportaje: intenta dar parte sobre una situación pero, al final, no puedes evitar verle el plumero al redactor (o en este caso director). Ambas películas son un reflejo y una crítica bestial a nuestras aspiraciones y envidias más perras. Las relacionadas con la avaricia, el ganar dinero por ganar dinero (“porque todo el mundo quiere ser rico”) y a una vida de comodidades, aunque eso signifique un engaño continuo.

Puede que la crisis haya conseguido que muchos no vean en ser ricos el objetivo de su vida (al menos estoy segura de que cada vez son menos los que tienen esta aspiración). La crisis ha convertido a los ricos en antihéroes, aunque por ello sean protagonistas.

Cate Blanchett está sublime en su papel de mujer vacía, porque su personaje está vacío y sus intenciones de continuar siendo “la mujer de” la condenan a estarlo. A otro nivel, Leonardo DiCaprio se sale interpretando a un ansioso nuevo rico, drogadicto y obsesionado con el dinero que está vacío y, además, podrido.

No creo que haya que buscar en cada película una forma de identificación o de bondad para disfrutarla, además no solo es el por qué de esa historia sino cómo se cuenta. Y, digo yo, que alguien tendrá que contar la gesta de los Jordan Belfort o Ruth Madoff del mundo. No para darles fama, sino para que no vuelvan a ser envidiados.

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